Esta película belga, con formato de falso documental, realiza el seguimiento de una familia de vampiros en una ciudad contemporánea de ese país, donde viven felizmente gracias a la connivencia de las autoridades. Este seguimiento también nos mostrará el funcionamiento de la comunidad vampírica en Bélgica, y los problemas cotidianos de sus individuos.
Con una estética feísta, muy alejada de las imágenes glamurosas de otras producciones sobre chupasangres, la historia exhibe un sentido del humor muy negro y despiadado, tanto como lo son sus más truculentas escenas. No apta para espectadores impresionables, la historia nos muestra las contradicciones en que incurren estas criaturas, haciéndonos empatizar con ellas incluso a pesar de que nos estén contando auténticas atrocidades, para a continuación mostrárnoslas como los depredadores amorales y sanguinarios que son. Por lo menos respecto a la especie humana.
Una película llena de peculiares personajes, todos ellos impagables, desde el joven vampiro travieso (a su horrenda manera), hasta la vampira decimonónica anclada a un código vampírico de origen noble venida a menos, pasando por el pusilánime compañero de esta, con el que vive en un viejo y desvencijado sótano que hace las veces de cuarto de instalaciones del edificio.

