Vivimos malos tiempos, queridos lectores. Sí, muy malos sin duda, y que cada palo aguante su vela. Crisis financiera, paro, estafas, hipotecas, desahucios... Cada cual, de modo particular y bajo sus circunstancias personales, debe afrontar retos difíciles o, como mínimo, entonar aquello de "virgencita, que me quede como estoy" a la vista de la que está cayendo.
Pero en esta entrada quisiera poner el foco en aquellos para quienes su mundo entero se está desmoronando.
Me refiero, como habrán adivinado (o tal vez no), a los editores, distribuidores y otros intermediarios de material artístico y cultural. De forma dramática y fulgurante se están volviendo obsoletos, innecesarios... inútiles. Cuando cualquiera con ciertas aptitudes (o sin ellas), desde la intimidad de su hogar, puede poner a disposición de una audiencia mundial el producto de su propia mente... ¿qué lugar queda para ellos? ¿De dónde obtendrán beneficios?

